Tejido de Yataity

Relato fotográfico Surcos Nº 04

Por Marta Dillon Mónica Millán Rescató una práctica milenaria de un pueblo perdido, el tejido Ao Poí, y la llevó a recorrer el mundo. UN LÍQUIDO oscuro se sacude dentro del vaso de plástico en el que ella mira, como si fuera un oráculo. ?Siempre me impongo reglas cuando empiezo un trabajo. Reglas mínimas, como los niños que para acortar un camino deciden no pisar el límite de las baldosas cuando vuelven de la escuela.? Reglas que parecen simples cábalas por su futilidad, pero a las que Mónica Millán se rinde como si temiera perder pie cuando las olvida. Y ese líquido negro en el que hunde sus ojos como si buscara palabras es parte del rito que la artista ha asumido desde que empezó su investigación sobre el Ao Poí, ese lienzo finísimo que se teje en Paraguay, más precisamente en Yataity, un pueblo perdido en el estado de Guaira, desde el cual se divisa como un fantasma la serranía de Ebeteruzú. Cada vez que Mónica viaja de Asunción a Yataity, se detiene en el mismo parador, donde le sirven un cocido de yerba mate tan cargado de hierbas aromáticas como un jarabe, acompañado de chipá calentito y anisado. Y esta vez no hay por qué hacer excepciones: ?No sé por qué lo hago, tal vez sea una forma de jugar que está implícita en todo arte. Ahora que estoy trabajando con los sonidos de la selva y el río, la regla que me impuse es salir sólo con un traje de baño, un pantalón y una camisa. La suerte quiso que fuera, además, acompañada únicamente por mujeres, y eso tampoco lo quiero cambiar en adelante?. Y habría que agregar al equipaje la grabadora con la que registra los golpes del agua sobre el casco de un pequeño bote en el que remonta, a remo, la corriente del Paraná; y el parlotear de los pájaros que, Millán está segura, pelean con ella por su territorio. Todavía no sabe qué va a hacer finalmente con esos sonidos, pero ya tendrá tiempo de pensarlo durante un retiro autoimpuesto en Italia, financiado por la Fundación Rockefeller justamente para que la artista encuentre el destino de esa materia prima que ahora recoge en el río y antes en la tierra, en Yataity, hacia donde viajamos para visitar a las últimas cuatro tejedoras vivas de Ao Poí. ?¡AHÍ ESTÁN! Eso que ves ahí es un tucurú. Antes los vaciaban de hormigas, los dejaban secar y los convertían en tatacuás, hornos de barro que ahora se hacen de ladrillo pero que se siguen montando a ras del suelo.? Cuando la tierra se vuelve roja como una pintura al pastel, Millán se ilumina. Estamos cerca del pueblo donde pasó un año antes de saber qué era lo que se llevaría y lo que dejaría allí, entre el caserío. Los tucurús que señala son hormigueros tan rojos como el resto del suelo, pirámides sin aristas cuyo tamaño permite imaginar monstruosas colonias de insectos depredadores. Mónica no los convirtió en hornos: ella los miró y vio esculturas, guaridas para sus manos, templos de ideas capaces de transportar ellos solos el espíritu que anima la tierra que ella ama. Por eso los llevó a la bienal de Cuenca, en Ecuador (la segunda en importancia regional, después de la de São Paulo), donde sus tucurús fueron premiados por un jurado más que exigente. ?La verdad es que no los pude llevar, los hice allá mismo, porque la tierra pesa demasiado y porque preferí moldear la de Ecuador. Pasé un mes allí, viviendo a orillas del río Tomebamba y a tres kilómetros del Museo de Historia de la Medicina, que es donde expuse. Todos los días remontaba esa margen caminando, viendo a las mujeres que lavaban la ropa y sus cabellos ahí, sin miedo a la corriente que bajaba de la montaña. Yo trabajaba la tierra pero me encandilaba el río: de agua y de tierra es mi obra. Por eso, a pesar de que en Yataity investigué sobre los tejidos, sé que esa tela no sería igual sin el paisaje que rodea a las tejedoras. Después de un año de escuchar sus historias, les pedí que bordaran en volumen sobre el molde de los tucurús. Y ellas mismas se rieron, sorprendidas del resultado, porque ellas y ellos tejen y bordan de la misma manera desde hace siglos, tal como aprendieron de sus madres, y sus madres de las abuelas: el mismo método, el mismo diseño. Era una identidad que no sabían que podían recrear.? LO PRIMERO que tentó a Millán en Yataity fueron los jardines: prolijas arquitecturas orgánicas que mezclan orquídeas, mangos, estrellas federales, hortensias, palmeras y lapachos rosados que florecen en un invierno cuya temperatura no baja nunca de los 20 grados. Antes de conseguir la beca Guggenheim para la investigación que trazaría un vínculo entre creación artística y artesanía popular, Millán había estado en Canadá, trabajando sobre jardines que ella bordaba en un bastidor en el que también se dibujaban hormigueros, altos y estilizados, muy distintos de estos tucurús que terminó moldeando en barro, igual que los insectos. Por eso, dice, se sintió como en casa al ver toda la dedicación que la gente del pueblo ponía en ese espacio verde que da la bienvenida en todas las entradas. ?Además", recuerda Mónica, ?en el primer lugar en el que entré a preguntar dónde podría alojarme, antes de que terminara la conversación me habían puesto un plato en la mesa, me habían tendido la cama para la siesta y me habían organizado un itinerario para visitar a las tejedoras.? Así comenzaron sus largas visitas a las ancianas que conservan ese saber ancestral que convierte los capullos de algodón, plantados al fondo de las casas, en lienzos tan finos que se puede ver a través de ellos. Lienzos que viajarán doblados en la parte de atrás de una bicicleta infantil hacia la casa de las bordadoras de encaje Yu, una red de hilo en la que se prenden los diseños, para que cada una y cada uno ?los hombres también se han resignado a bordar en este pueblo, a falta de mejores trabajos? le vaya sumando una parte más a lo que, al término de seis meses, será un mantel auténtico, sin un solo rasgo industrial. Toda esta pureza está hoy en vías de extinción. ?Les pregunté a las tejedoras por qué las nuevas generaciones no aprendían a trabajar en el telar, y ellas se rieron", cuenta Mónica. ?Siempre se ríen cuando alguna pregunta les parece obvia. Lo que sucede es que el telar es solitario y estático, y en cambio el bordado se puede llevar bajo el brazo. Así se puede seguir trabajando mientras se conversa, que es lo que les gusta hacer a todos.? ?A la juventud le gusta bandidear", acota Ña Digna, mientras hace navegar la lanzadera de su telar como un barco a través de las hebras. ?Por eso compran la tela Pilar [industrial] y bordan sobre ella en el tamborcito [bastidor]. Ya quedamos pocas viejas, y encima tenemos los ojos empañados de cataratas.? Sin embargo, Digna y su hermana Paulina, con más de ochenta años vividos cada una, dicen que no se cansan todavía de trabajar. ¿Qué podrían hacer, si no? AUNQUE MÓNICA MILLÁN nació en San Ignacio, Misiones, del lado argentino, creció mirando al otro lado de la frontera y, en cuanto supo que también en Paraguay había un San Ignacio, Misiones, fundado igualmente por los jesuitas, se naturalizó paraguaya. En Argentina tuvo un maestro: el artista plástico Luis Felipe Noé. En Paraguay, un guía, el teórico del arte Ticio Escobar, su director de becas, tan tímido y parco como ella. Él la animó a seguir cuando se sentía estancada en Yataity. ?Yo escuchaba las historias", recuerda Millán, ?me quedaba horas junto a los telares, pero tenía vergüenza de grabar las conversaciones, sentía que iba a inhibirlos. Fue Ticio el que me hizo notar que los estaba desilusionando: esperaban que yo aprendiera de ellos, y para eso tenía que mostrar mis herramientas. Porque conversar, eso lo hacen todos.? Hacia finales de junio, en Paraguay, es el día del padre. Millán pasa por alto ese detalle, pero igual don Enrique, marido de Digna y último tejedor de Ao Poí, agradece la visita como si fuera una deferencia destinada a él. A lo lejos se oye la jineteada que engalana al pueblo ese domingo, y que luego lo pondrá a dormir en un sopor de alcohol hasta que el sol del mediodía siguiente desgarre un lunes cansino. Enrique fue como una verdadera musa para Mónica Millán durante su investigación en Yataity, la que dio como fruto una muestra que ya recorrió América y sus bienales, y que viajará con ella a Italia en los próximos meses. Y él está tan orgulloso como un padre de esa mujer menuda que supo aprender de los viejos y que sigue visitándolos, aunque ahora su trabajo esté centrado en el agua, en el sonido de los remos que la desafían y de los pájaros que la sobrevuelan. Un trabajo sin forma todavía, así como no tiene forma la tela mientras incuba su esencia en el capullo de algodón. Pero Enrique, que sólo sabe de artesanías y que de niño vistió la tela que hacía su madre ?larga como un vestido y sin calzón?, sabe que Mónica es capaz de transformar las cosas, como transformó el bordado en volumen y los hormigueros en esculturas. Eso es lo que él vio, y eso es en lo que cree. Technorati Tags: , , , , , ,

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